Kepel: “Los yihadistas consideran a Europa el punto flaco de Occidente”

14/Dic/2015

El País, España, Por Alex Vicente

Kepel: “Los yihadistas consideran a Europa el punto flaco de Occidente”

Cuando se le pregunta a Gilles Kepel qué le
incitó a dedicar media vida al estudio del islam y las sociedades árabes, el
politólogo responde con una mezcla de pudor y misterio: “Lea el último capítulo
de mi libro y lo entenderá”. Al salir de la entrevista, corremos a abrir
Passionsarabes, el diario de su viaje por el Magreb y Oriente Próximo a
principios de esta década, cuando la irrupción de las revoluciones empezaban a
transformar sus paisajes. Encontramos a un joven de 19 años –“trotskista, ateo
y anticlerical”, “bruscamente huérfano de madre y más bien solitario”– subido a
un barco soviético durante el verano de 1974, cruzando Anatolia en autostop
hasta alcanzar la frontera con Siria en Bab al Hawa y descubriendo un panorama
exuberante que ya había olfateado en los cómics de Tintín.
Gran especialista francés en el islam,
profesor del Instituto de Estudios Políticos (Sciences Po) y de la Escuela
Normal Superior de París, este hijo de intelectual checo y profesora provenzal
se ha pasado cuatro décadas analizando cómo el paisaje idealizado de su
juventud se ha terminado convirtiendo en “una letanía de cadáveres
ensangrentados y ejecuciones sumarias”, en un lugar donde las mujeres con quien
intercambió miradas cómplices se encuentran “reclusas tras la apertura
siniestra del velo, como lo están hoy en los entornos suníes”, sostiene. Y
también en cómo la mancha del islamismo radical se ha ido expandiendo y
retrayendo a lo largo de los últimos años. En su último libro,
Terreurdansl’Hexagone. Genèse du djihadfrançais (Gallimard), que llega esta
semana a las librerías francesas, Kepel examina la emergencia de una tercera
ola de yihadismo, enraizada en el territorio europeo y alimentada por sus
flaquezas, que ha eclosionado con los atentados del 13-N en París. Al Estado
Islámico, Kepel prefiere llamarle Daesh, usando su acrónimo en árabe, para
evitar darle “la legitimidad de un Estado”.
La pregunta que se hace todo el mundo es qué
pasará ahora. ¿En qué mundo viviremos durante los próximos meses o años? Solo
hay una manera de responder a esa pregunta: contextualizando lo que está
sucediendo, dándole una perspectiva histórica y procurando entender que nos
encontramos ante una nueva generación de yihadistas, la tercera, que es muy
distinta a las dos anteriores, pero que a la vez supone una síntesis de ambas.
Antes de saber adónde vamos, debemos tratar de entender de dónde venimos.
Cuéntenos, entonces, de dónde venimos. ¿En qué
momento se origina la yihad? La primera generación de yihadistas aparece en
Afganistán en 1979, cuando el ejército soviético invade el país. Se trata de un
movimiento suní que fue entrenado y armado por la CIA, y financiado por los
saudíes y las petromonarquías del Golfo. El objetivo de los estadounidenses era
que la Unión ­Soviética sufriera su propio Vietnam, además de frenar la
expansión de Irán, de mayoría chií. En febrero de 1989 ganan esa batalla; los
soviéticos se retiran de Afganistán. De regreso a sus países, los brigadistas
extranjeros se dicen que deberían intentar duplicar esa victoria para hacer
caer los regímenes de Argelia y Egipto. Fracasan porque la población local
–incluso quienes sentían cierta simpatía por su combate– les da la espalda tras
los atentados en Luxor y en el templo de Hatshepsut en 1997.
¿La segunda generación emerge en ese punto?
Ante ese fracaso, los yihadistas abogan por un cambio de estrategia. En lugar
de atacar a enemigos geográficamente cercanos, se adentrarán en tierras más
lejanas. En realidad, aspiran a recrear el islam primitivo, la proeza del
Profeta y sus seguidores, que hicieron caer al Imperio Persa Sasánida y después
a Bizancio. Tras derrotar a la Unión Soviética, los yihadistas deciden ir a por
el Bizancio contemporáneo: Estados Unidos. Ahí se origina la razia de Al Qaeda
del 11-S, en Nueva York y Washington. Su impacto mediático será impresionante,
a la altura del número de víctimas, pero se tratará de un gran fracaso
político, ya que, una vez más, no logran movilizar a nadie.
¿Qué aprende la tercera generación de ese
fracaso? La tercera generación la impulsa Abu Musab al Suri, alias Mustafá
Setmarian, hijo de la aristocracia suní de Alepo, formado en Irak y que actúa
como relaciones públicas oficioso de Bin Laden en Europa. Este hombre pelirrojo
de ojos azules –que vivió en España durante los ochenta y se casó con una
española, Elena Moreno– publica en 2005 un volumen de 1.600 páginas, titulado
Llamada a la resistencia islámica mundial, donde defiende la creación de una
yihad que surja de las bases, en lugar de funcionar jerárquicamente, de arriba
abajo. Hasta entonces, Al Qaeda había funcionado como un sistema piramidal,
casi leninista. Era Bin Laden quien pagaba los cursos de aviación, configuraba
una hoja de ruta para seguir a rajatabla y reservaba los billetes de avión.
Pero la organización tenía una debilidad: no contaba con un territorio y su
base era frágil, sin un verdadero arraigo.
El 13-N tendrá una influencia indudable en ese
voto de ultraderecha, aunque no más que el éxodo de refugiados, que ha
despertado el fantasma de la “gran sustitución”
Otro de los cambios que propone Al Suri es
dejar de atacar Estados Unidos y empezar a hacerlo en Europa. ¿Por qué? Los
yihadistas consideran que Europa es el punto flaco de Occidente. En un momento
dado, Al Qaeda se da cuenta de que Estados Unidos es demasiado fuerte, mientras
que Europa está desunida, compuesta por múltiples Estados descoordinados, con
las fronteras delimitadas por el colador de Schengen y gobernada con
mediocridad por instituciones incapaces de luchar contra el terrorismo. Atentar
contra Europa también les permite utilizar a los jóvenes surgidos de la
inmigración musulmana, mal integrados y, en el caso francés, residentes en las
desasosegadas banlieues. La jerarquía de Al Qaeda quedará sustituida por el
rizoma sobre el que teorizó Gilles Deleuze [una estructura sin subordinación
clásica, en la que todos sus integrantes pueden incidir en su funcionamiento].
Es decir, que Daesh establece una hoja de ruta global, pero sus seguidores
tienen autonomía para actuar. De ahí surgirán nombres como Mohamed Merah [que
atentó contra una escuela judía de Toulouse en 2012], los hermanos Kouachi [los
terroristas de Charlie Hebdo] o AbdelhamidAbaaoud [presunto cerebro del 13-N].
¿Cómo lograron escapar esos terroristas al
control de la Administración francesa, que los tenía fichados o incluso
encarcelados? Los servicios secretos sabían cómo luchar contra Al Qaeda: tenían
controladas las mezquitas y los lugares de radicalización, sabían interceptar
su comunicación y desarticularon distintas redes francesas. Pero no lograron
entender ese paso de la segunda a la tercera generación. En los últimos 10
años, las cárceles francesas se han convertido en incubadoras de radicales bajo
la mirada de la Administración penitenciaria. En Fleury-Mérogis, al sur de
París, el cargo más alto de Al Qaeda en Francia, DjamelBeghal, dormía justo
encima de las celdas de Chérif Kouachi y Amedy Coulibaly [el terrorista del
supermercado judío de París]. Se hablaban por la ventana sin que nadie se
enterara. Es un fracaso de nuestras élites, incapaces de hacer autocrítica. La
burocracia francesa se considera infalible y omnisciente: prefiere hundir el
país antes que juzgarse a sí misma.
Considera que los atentados de noviembre son,
al igual que los del 11-S, “un fracaso impresionante”. ¿En qué sentido? Han
sido un éxito táctico, pero un fracaso estratégico. Han matado a mucha gente,
pero han cometido numerosos errores. Los atentados se ejecutaron por amateurs.
A uno de los terroristas lo vieron en el metro, otros no lograron hacer
estallar sus cinturones de explosivos… Algo así nunca hubiera sucedido en
tiempos de Al Qaeda. Y a nivel político también está siendo un fracaso. La
solidaridad con Daesh es inexistente. Por primera vez, todos los imames se han
manifestado en contra, e incluso los terroristas de las cárceles francesas les
niegan el apoyo. Como en la Argelia de los noventa, todo el mundo está unido en
el dolor. Habrán logrado aterrorizar al adversario, pero no provocar la guerra
civil que perseguían. Ni dividir a la población.
El Frente Nacional supera el 40% de intención
de voto en algunas regiones francesas. ¿No es un síntoma de la fragmentación
social a la que aspira Daesh? No es exacto. El 13-N tendrá una influencia
indudable en ese voto, aunque no más que el éxodo de refugiados, que ha
despertado el fantasma de la “gran sustitución” [la teoría ultraderechista
sobre una invasión musulmana que suplantará a los autóctonos]. Los electores
del Frente Nacional aspiran a reconstruir una sociedad puramente francesa
aislada de Europa y de la inmigración, pero muchos votan para protestar contra
las élites políticas. Entre sus votantes se encuentran también hijos de la
inmigración, jóvenes de las banlieues que no encuentran trabajo y que ya no
creen en la izquierda de Hollande. Votan a Marine Le Pen sin pensar en la xenofobia
que encierra su discurso.
¿Fue el 13-N, como se ha repetido sin cesar,
un ataque a un modo de vida, a un país que sigue creyéndose guiado por los
valores de la Ilustración? El comunicado de Daesh era muy explícito al
respecto. Francia era descrito como un país de orgías y prostitución, con el
Bataclan convertido en foco de máxima depravación. Para Daesh, la purificación
es un concepto importante, también en el sentido del comportamiento sexual. Por
eso lapidan a los homosexuales o los tiran desde lo alto de un edificio. En ese
sentido, la sociedad francesa es emblemática de una libertad que no existe en
la misma medida en el mundo anglosajón. Dicho esto, la historia colonial
francesa en lugares como Argelia y Malí cuenta más que ese ataque a los valores
de la Ilustración, que es secundario.
En su nuevo libro, usted opina que no hay que
menospreciar la motivación “retrocolonial” de los terroristas, ese lazo
invisible con los tiempos de la Argelia francesa, pese a que ellos no la
conocieran en primera persona. Muchos terroristas persiguen la venganza de sus
padres o de sus abuelos. Los yihadistas de tercera generación se creen con
legitimidad para proceder a un ajuste de cuentas, pese a que hayan nacido en
Francia, hayan estudiado en la escuela francesa y se hayan beneficiado de todas
las ayudas sociales del Estado de bienestar. El caso de Mohamed Merah es muy
representativo. Perpetró su ataque el mismo día del 50º aniversario del alto el
fuego de la guerra de Argelia. Puede que no lo supiera, porque no era un gran
intelectual, pero no deja de ser una elección simbólica. Tampoco me parece
casual que, días después de la matanza, su madre afirmara, con gran orgullo,
que su hijo había puesto al país “de rodillas”. Era una familia que odiaba
Francia.
En la semana posterior a los atentados, ningún
político francés habló de otra cosa que de seguridad y estrategia militar. Sin
justificar lo injustificable, ¿no hay que preguntarse también de dónde surge
ese resentimiento? El único que se desmarcó fue el ministro de Economía,
Emmanuel Macron, que habló de la existencia de un “caldo de cultivo” que le
parecía “responsabilidad” de Francia. Estoy de acuerdo con él, de eso hablo en
mis libros. Lo que no se puede decir es que el problema es el modelo de
integración o los valores republicanos. Incluso en lugares muy fragmentados, la
escuela sigue siendo el único espacio para un proyecto social común. El
problema no es el sistema, sino los individuos que lo gestionan. El fracaso es
solo de esa élite que menosprecia la enseñanza y recorta los presupuestos de
institutos y universidades.
Eso opina también el escritor Michel
Houellebecq, que culpa a la clase política de lo ocurrido… No sé si sabe que
Houellebecq afirma que se documentó con mis libros para escribir Sumisión, lo
que me valió muchas críticas de mis colegas. ¿Qué culpa tendré yo de que
quisiera leerme?
¿Qué le pareció la novela? ¿Confirió cierta
legitimidad a la teoría de la “gran sustitución” de la que hablaba antes? No lo
creo, es solo ficción. Houellebecq es un gran novelista, tal vez el último
escritor francés que será leído en el extranjero. Otra cosa son sus opiniones
políticas… La realidad y la ficción tienen que seguir formando parte de
dominios distintos. A mí me gusta el Houellebecq novelista, pero el comentarista
político ya sería otra cosa.
Volviendo al caldo de cultivo, ¿se puede
interpretar el 13-N como un enfrentamiento entre dos juventudes francesas, la
privilegiada y la desfavorecida? No. Es incorrecto pensar que en esos barrios
solo vive una juventud bohemia y moderna. También residen muchos hijos de
extranjeros, a los que los terroristas también mataron. En cambio, entre las
víctimas había pocos judíos, sus enemigos tradicionales, porque era Sabbat. Es
otro indicio de su fracaso. En cierta manera, fue como si los terroristas se
mataran a sí mismos. El objetivo de Daesh es exterminar a los apóstatas, que
incluye a quienes hacen de puente entre ambos mundos, a los policías franceses
de cultura musulmana, a los soldados de origen árabe, y ahora a esos jóvenes de
los barrios atacados.
Existen múltiples teorías para explicar la
radicalización. Se habla de una falta de integración de tipo cultural, de
contexto socioeconómico y discriminación laboral, de desequilibrio psicológico…
¿En cuál cree usted? Hay que conjugarlas todas porque son complementarias. Lo
que hay que tener claro es que la ideología islamista es lo que estructura esa
radicalización. Quienes dicen que el islam no tiene nada que ver, que es un
movimiento juvenil como ha habido otros, se equivocan. Esos jóvenes se
proyectan en un mundo ideal ubicado en Siria, en un mundo islámico alimentado
de profecías. El problema no es el islam, pero sí quién controla su
interpretación. Los que no logran verlo es solo porque son ignorantes o porque
tienen miedo de hacerse preguntas que pueden molestar.
¿Qué futuro tiene la intervención militar
contra el Estado Islámico? Las contradicciones en el interior de la coalición
que lidera esa intervención son muy fuertes. En el fondo, Turquía prefiere
mantener su modus vivendi con Daesh, porque logra mantener a raya a los kurdos,
tan problemáticos para Erdogan. Además, el tráfico de petróleo a bajo coste
pasa por la frontera turca. A los saudíes y los países del golfo Pérsico, al
ser antichiíes, le vienen bien para debilitar al régimen sirio y a Irán. Y a
Rusia, Daesh le ha servido para debilitar a la oposición a Al Asad. Si los
rusos han cambiado un poco de orientación es porque Putin tiene que hacer un
gesto a la opinión pública tras el atentado a su avión en Egipto.
Gilles Kepel
Nació en París en 1955. Licenciado en Estudios
Árabes y Filosofía y doctorado en Sociología y Ciencias Políticas, es profesor
del Instituto de Estudios Políticos (Sciences Po) y de la Escuela Normal
Superior de París. También lo ha sido de la New York University, de Columbia, y
de la London School of Economics, además de colaborador de Le Monde, The New
York Times, La Repubblica y EL PAÍS. Forma parte del consejo superior del
Instituto del Mundo Árabe de París. Es autor de varias decenas de libros sobre
el mundo árabe, traducidos a una veintena de idiomas, como La revancha de Dios
(1991) o Las políticas de Dios (2006). Terreurdansl’Hexagone. Genèse du
djihadfrançais llega esta semana a las librerías francesas.
Otro gran especialista en el islam, Olivier
Roy, considera que la intervención no servirá de nada porque se trata de una
“revuelta generacional y nihilista” que no se verá alterada con la desaparición
del Estado Islámico, porque va mucho más allá de esos 100.000 hombres en el
desierto. Olivier Roy es de los que creen que el islam es lo de menos, que se
trata de un movimiento juvenil que ocupa el lugar que en otro momento tuvo la
extrema izquierda. Lo que Roy no entiende es que ese combate se inscribe en la
lógica del yihadismo, que lo que estructura ese combate es la ideología
islamista. Negarlo es no entender el vínculo de la yihad con el territorio
sirio, donde un puñado de jóvenes armados con fusiles Kaláshnikov hace fracasar
a los grandes ejércitos del mundo, lo cual les permite utilizar la imagen de
David contra Goliat. La proyección utópica en el territorio sirio resulta
clave. Si la operación militar termina con el control de ese territorio por
parte de Daesh, el resultado será catastrófico para la movilización del
yihadismo en Europa. Puede que surjan otros lugares. Pero ese, que es muy
importante, habrá desaparecido.
¿Qué puede temer España si apoya a la
coalición militar contra el EI? ¿Puede encontrarse en la misma situación que
hoy viven los franceses? Si todo continúa como hasta ahora, sería posible.
Muchos de los inmigrantes musulmanes que viven en España son marroquíes y
arrastran el mismo contencioso retrocolonial que los argelinos respecto a
Francia, a causa de la guerra del Rif. Pero yo creo que el 13-N ha expuesto, de
una vez por todas, las debilidades del sistema operativo yihadista. Y cuando se
ha entendido en qué consiste algo es mucho más fácil combatirlo.